De vocación periodista

Por Nancy Salas Andrade Yo aun recuerdo cuando en la universidad me preguntaron por qué quería estudiar periodismo y muy ufana escribí que porque era el arte de escribir. Concebía el periodismo sólo como la posibilidad de poner por escrito mi curiosidad por la vida. Allí, en las aulas, recién entendí lo que era ser periodista, una vocación que empalmaba muy bien con mi temperamento y afanes, porque, señores, al periodista le mueve una pulsión batalladora, de lucha, de escrutinio, de cuestionamiento de por qué las cosas son así y no de otra manera. El periodismo es una actividad vital, que necesita de energía y valentía, porque es búsqueda de lo que está desordenado, oscuro, oculto. Organizamos la realidad para que otros la entiendan, sacamos a la luz lo que otros quieren que quede velado, celebramos también la vida y sus logros, aunque de esto se ocupen ya muy pocos. Esta tarea no es fácil, sobre todo en nuestros pueblos donde la miseria humana ha ganado tanto espacio en todas las instancias. El periodista tiene un compromiso con la sociedad, cuando se olvida de ella y se ata a otros intereses se corrompe. Asumir este reto no es fácil para un periodista al que le cercan otros imperativos, no sólo de su propia actividad (la estresante rapidez de la publicación, la escasez de tiempo y recursos para investigar, entre otros) sino anexos a ella, como ganarle a la competencia o tener el mejor rating o ventas, ventajas que al periodista le darán crédito o prestigio como buen profesional que sabe su oficio. A ello se suma para el desánimo: los sueldos a ras de suelo y las inacabables jornadas de trabajo. A pesar de todo lo dicho, en nuestro país y en estos momentos, el periodismo es una de las actividades profesionales menos apreciadas por cualesquiera, a pesar que siguen egresando miles de periodistas de las aulas universitarias. La razón es muy simple, el periodismo no es todo lo bueno que debería ser. En gran medida ha perdido credibilidad ante los públicos, y eso se debe a varias razones. La primera de ellas es que hay muchos "improvisados" que están en los medios de comunicación fungiendo de periodistas: sociólogos, psicólogos, economistas, abogados, ingenieros; profesionales -y caras bonitas- que tendrán su valor pero que sólo intuyen lo que es el periodismo, razón por la cual lo que para un periodista es claro, se vuelve borroso y difuso para ellos. Pero los peores "polizontes" son aquellos que reducen la actividad periodística a una mecánica de mercadeo: la información es un producto de oferta y demanda. Que vende lo espectacular, lo morboso, lo escandaloso, pues eso se oferta. Una vez cogida esa pendiente, hasta el despeñadero: el envilecimiento del trabajo. Así de claro. Otra razón está dentro de las propias empresas de medios, de parte de los directivos, de aquellos que dirigen no sólo el estado de cuentas de la empresa, sino que acartonan la información y la opinión de los periodistas, aquellos que tienen intereses políticos, económicos, de clase, y otros, que son los cernideros de todo lo que el periodista lleva a la sala de redacción. Y, finalmente, está la actitud de algunos periodistas poco combativos para luchar por la verdad fáctica, que es conocimiento. Aquellos conformistas que sólo se convierten en meros vehículos de lleva y trae, sin que se mojen en un compromiso por esclarecer las situaciones, los grandes problemas, sobre las que el lector está desorientado. El buen periodista es acucioso en la investigación de las fuentes, que son las que muchas veces le dan cebo de culebra para desorientarle y manejarle a su antojo. Sólo el conocimiento de la vida y el hombre nos vuelve zahoríes, a no ser que la necedad haya nacido con nosotros. Pero el periodista, sobre todo, será honesto con respecto a su propia percepción de la realidad. Él, que la vive y la palpa. Somos periodistas, unos desde el caldero de la profesión, otros, como la que escribe, enseñando, pero todos, creo yo, con la misma vocación porque la realidad se torne en mensajes útiles que le sirvan al ciudadano para mantenerse enterado de lo que le rodea, sobre todo de aquello que le incumbe para saber decidir en torno a su vida y a su comunidad. Feliz día del periodista, para todos, y más que nada para aquellos que viven esa pasión inquietante por quitar los velos que ponen todos aquellos que maquiavélicamente nos quieren ocultar o disfrazar lo que es de nuestro interés. Salud, por nosotros. (*) Artículo publicado el 2 de octubre con ocasión del Día del Periodista. Por Nancy Salas, profesora de la facultad de Comunicación. Universidad de Piura.
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